miércoles, 28 de marzo de 2012

AMOR INCODICIONAL

Instrucciones:
Lee el siguiente cuento y reflexiona en los valores que poseen los personajes.
                                                           AMOR INCODICIONAL
Hoy se cumple un aniversario más de su partida. Aún veo la dulzura de la mirada de mi madre destacando sobre su delgadez de su cuerpo. Las imágenes  acuden a mi mente y me veo tomada de su mano; pero los recuerdos me duelen, también me duele recordar que mi padre no pudo salvar la vida en aquel accidente, cuando el autobús en el que viajaba se volteó y cayó a una barranca.
Cuando nos avisaron que mi padre estaba en el hospital corrimos a su lado y alcanzamos a verlo con vida, sólo.
Unos minutos, los suficientes para que el nos envolviera en una amorosa mirada en los últimos instantes de vida. Esa mirada nos lleno de Fortaleza. A partir de ese momento mi madre fue luchadora incansable, eso demostró cuando levantando la cabeza recorrió todos los lugares de nuestro pueblo buscando un empleo. Siempre la misma respuesta. “este no es un trabajo para hombres”.
Cuando subí al autobús que nos llevaría al mismo destino, mi miedo desapareció al sentir las fuerzas de sus manos tomando la mías, levante la mirada y en sus ojos había voluntad  y decisión, de sus brazos me rodearon y a al sentirme protegida dormí con un sueño fue tranquilo. Desperté cuando llegamos a la gran ciudad. Descendimos del autobús buscando mi abuela, ella nos ofreció compartir su pequeña cas con nosotras ya que estaba sola pue su hijo hacia dos años se había ido para “el otro lado” en busca de trabajo.
Nuevamente la búsqueda de n trabajo. Una fábrica, un  hospital, una empresa, nada, ni una sola vacante y el poco dinero que traíamos  empezada escasear, sin embargo la sonrisa alentadora de mi madre hacia que desaparecieran mis temores. El regreso a casa lo hacíamos caminando un buen tramo, de esa manera podíamos comprar unos panes y compartirlos con la abuela. Así fue como en u nos de nuestros recorridos pasamos junto a un aviso que solicitaban ayudantes de albañil. Mi madre dijo que llegaríamos temprano y el trabajo sería suyo.
Esa mañana, cuando aun las luces de la ciudad alumbraban con sus enormes ojos al edificio en construcción, fuimos las primeras en llegar, fue difícil convencer al encargado de la obra, pero la tenacidad de mi madre termino por triunfar. Él le dijo que si llegaba tarde un solo día, la correría.
Ya allí estábamos, yo sentada en un rincón, ella, sacando fuerzas de su delgadez se desplazaba con rapidez con la carretillas llenas de tabiques. Al cabo de unos meses sentí la callosidad de sus manos cuando acariciaba mi rostro.
Aquel día, desde mi rincón, en la obra, invente un juego. Sin levantar la mirada trataba se reconocer los pies de que caminaban por mi rincón. Se detenían un instante y su dueño parecía que dudaba hacia donde seguir, seguramente pertenecían a un nuevo trabajador. Si eran pasos fuertes y seguros: el encargado de la obra había llegado. Si eran sus pies que caminaban lentamente como cargando un gran dolor: pertenecían a aquel hombre de la gorra roja.
De pronto mi juego se vio interrumpido. Pies, muchos pies corriendo en fila. Mi corazón dio un vuelco, levante la mirada, varios hombres llevaban en una camilla a mi madre. La subieron en una ambulancia. El encargado de la obra me tomo de la mano y subimos a su carro. Llegamos al hospital, y allí esperamos hasta que el doctor de guardia nos informo que mi mamá había sufrido una grave fractura en el pie y que tenían que amputárselo para salvarle la pierna.
Ya anochecía cuando el encargado de la obra se fue. Un poso después alguien se sentó a mi lado y me entrego una cobija y una torta. Con la vista reconocí los pies que cargaban un gran dolor: era el hombre de la mirada triste. Me acompaño un rato y se fue por mi abuela. Hoy mi recuerdo vuela hacia él con gratitud.
Poco a poco mi madre se  iba recuperando. El encargado de la obra hablo con el dueño de una maquiladora para qué le diera trabajo, y como ella sabia coser, acepto entusiasmada esa oportunidad. Adquirió una máquina de coser  para trabajar en la casa. Su entusiasmo era contagioso. Yo también estaba contenta ya que pronto entraría a la escuela.
Mi recorrido por cada una de ellas no lo hice sola, la Fortaleza de mi madre siempre me acompaño. Asi termine mi carrera, y hoy, a veinte años de distancia, soy una persona afortunada, tengo un tesoro para dejar a mis hijos: los valores que me heredo mi familia.  

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